El zumbido no dejaba su cabeza pero ella no cesaba en su empeño. Seguía caminando contra el viento aferrada a aquel libro que parecía su legado. Tenía que haberse puesto gorro, pensó. Pero ya era tarde. ¿Cómo iba a saber qué llevarse al fin del mundo si era la primera vez que iba? Desde luego, no había manual de instrucciones en ninguna parte. Sólo el palpitar de su corazón guiaba sus piernas mientras que las ráfagas irrumpían en múltiples direcciones para dificultar aun más la ya de por sí difícil tarea de buscar el precipicio sobre el que llamar a la realidad.
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