Sin manual de instrucciones en el fin del mundo

El zumbido no dejaba su cabeza pero ella no cesaba en su empeño. Seguía caminando contra el viento aferrada a aquel libro que parecía su legado. Tenía que haberse puesto gorro, pensó. Pero ya era tarde. ¿Cómo iba a saber qué llevarse al fin del mundo si era la primera vez que iba? Desde luego, no había manual de instrucciones en ninguna parte. Sólo el palpitar de su corazón guiaba sus piernas mientras que las ráfagas irrumpían en múltiples direcciones para dificultar aun más la ya de por sí difícil tarea de buscar el precipicio sobre el que llamar a la realidad.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Subconsciente maldito

Tengo una mente complicada. Es un castigo divino, aunque no sé todavía a qué actos responde.  Es como un caballo desbocado, salvaje, que no se deja domar. Es demasiado rápida, demasiado astuta. Corre más que mi conciencia. Ahí estás, subconsciente maldito, vuelves de nuevo a mí una y mil veces a darme las mismas bofetadas. La primera consigo apartarme. La segunda también. A la tercera comienzo a repetirme una frase talismán. A la cuarta mis ánimos comienzan a esfumarse. Luego ya dejo de ser yo. Le dejo que gane la batalla porque no soy tan fuerte. Pero mi mente también es parte de mí, así que no sé por qué tiene que existir esta dualidad tan desbordante, tan agotadora, tan confusa, tan insistente. No quiero dejarme vencer. Dios sabe que lucho todos los días porque no me venza. Una y otra vez, saco las mismas armas hasta que deja de perseguirme. Pero tarda meses…y siempre vuelve.

Publicado en Pequeñas historias | Deja un comentario

Como un gusano que muta en mariposa

Estaba demasiado contenta con su sujetador rosa. Ya se lo había dicho su madre. Era una niñata consentida y maleducada, pero ella estaba contenta con su sujetador rosa y ay del que dijera algo. Se había querido marchar a Madrid y Madrid le había encontrado a ella. Le había buscado las cosquillas hasta que encontró el torrente de risa. Pero como cuando una emoción demasiado intensa da paso a la contraria, tras la carcajada limpia vino el llanto. Como dije, ella estaba demasiado contenta con su sujetador rosa, con los senos que le hacía, con su mirada sexy, con su piel depilada. Era demasiado niña aun para muchas cosas, aunque desde luego ese pensamiento no visitaba su cabecita loca, nido cálido de pájaros de colores. Ellos no te entienden, pequeña. Tú sabes cuál es tu realidad, pero ellos no quieren asumirla aunque les golpee en la cara. Tú ya no eres aquella, ahora estás encaminándote hacia lo que quieres ser. Como un gusano que muta en mariposa. Ahora llevas tu sujetador rosa.

Publicado en Pequeñas historias | Deja un comentario

La cuerda de la cordura

Volaban tus dedos sobre el órgano de la iglesia que nunca me dejaste tocar mientras intuías que serías el escritor de la historia que aparecía ante tí. Sin luces ni sombras, plana, sin ninguna valoración, objetiva, seca, desértica, ignorante de los devastadores sentimientos que asolaban y cernían tu alma. Desatada la cuerda que te unía con la cordura todo era mucho más sencillo porque no debía existir lógica alguna en el devenir de los acontecimientos. La escaleta estaba en una carpeta negra escondida debajo del altar lo que facilitaba su ignorancia y todo estaba por venir, todo por decidir. Mientras tanto seguías golpeando con ímpetu blancas y negras, aferrándote a la vida y gritándole para que dejase de ser tan cruel contigo. No tenemos palabras para esta amargura que bucea en el fondo de tí, no podemos describir con rigor los pensamientos que querían salir de tu cabeza. ¡Parad! ¡Parad! No estás hecho para soportar tales aseveraciones, tales ideas que fluyen sin tú interponer tu voluntad. Pero tú eres especial, estás hecho con materiales diferentes, te lo han dicho siempre. Y no se equivocaban.

Publicado en Pequeñas historias | Deja un comentario

Los periodistas de la Gestapo

Ve tras él, que no se te escape. Sonsácale la historia, la exclusiva. Todos los monstruos del mar me gritan para que me deje caer y me una a ellos. Pero no quiero. Estoy sola nadando contra la marea. Sí, bueno ¿y qué? Al final todo será como yo quiera que sea. Las máquinas de escribir hace tiempo que dejaron de imprimir tinta pero algunas mentes siguen escuchando el repiquetear de las teclas, el sonido de las palabras no pronunciadas. Mientras, el mundo sigue girando y la ética profesional es una paloma que un macabro personaje ha clavado a un madero sin importarle lo que pasará después. Pero en fin, sigamos haciendo fuerza, que es de lo que se trata: de no rendirse. Seguimos buscando estrellas fugaces a pesar de que los destellos se fundieron con la oscuridad de la noche hace algún tiempo. Sin embargo, de vez en cuando me parece ver un resplandor ¿O estaré volviéndome loca? ¿Soy la única superviviente de una macabra película de serie B?

Publicado en Pequeñas historias | 3 comentarios

La cinta de casette de Duncan Dhu que mi madre llevaba en el coche

Lanzaste un arco iris en dirección al viento y empecé a subir por la escalera que nos separa de los sueños ¡No grites! ¡Ya sé que estoy durmiendo! Pero tengo permiso de usar mi mente como quiera hasta que suene el despertador. Pero volvamos a la música, a la cinta de casette de Duncan Dhu que mi madre llevaba en el coche. Eso sí que eran buenos tiempos: contar el dinero de la hucha y comer sandwiches de nocilla ¿En qué momento nos hicimos mayores? ¿Descubriré en mis sueños alguna manera de parar el tiempo? Subirnos en el De Lorean y vestirnos de los ochenta está permitido, así que pongámonos en marcha, Doc. No quiero perder ni un minuto más porque quizá dentro de sesenta cortos y milimétricos segundos suene un despertador cruel que me devolverá al lugar donde procedo.

Publicado en Pequeñas historias | 1 comentario

El Reino de los Edificios

Cuando las hadas dejan de sobrevolar el Reino de los Edificios todo lo que queda es nada…Es todo…Un todo anodino y asqueroso que se hunde como una niebla espesa sobre cada uno de los hogares…Es la rutina, el grifo que gotea, las madres trabajadoras quitándose los zapatos de tacón y las amas de casa terminando de hacer la comida para mañana, el ligero ruido del gesto de aflojar el nudo de la corbata, el crujir de un mueble viejo y las páginas que pasan. Y luego la aristocracia del silencio, la elegancia del aire que se posa sobre infinidad de cuerpos dormidos. Los ronquidos, los codazos, los “mamá, tengo miedo”, los pensamientos solitarios, las sombras sobre las que se imaginan fantasmas, los llantos contenidos, la soledad, la excesiva compañía en una casa con cuatro familias, las calles desiertas, las motos trucadas rasgando la noche, los cajeros automáticos llenos de sueños inquietos bajo cartones descoloridos, las cenas de trabajo que se prolongan demasiado, la reducción de las tarifas, los dependientes de los 24 horas, los camareros que se impacientan, la octogenaria que llora, las llamadas que asustan. Blanco. Mientras, sueño en blanco.

Publicado en Pequeñas historias | Deja un comentario